domingo, 17 de septiembre de 2017

El Papa en Colombia; Sept. 10 '17; Bernardo Barranco

La Jornada
Medellín.

El Papa cuestionó la rigidez institucional, el apego cómodo a la severidad doctrinal y, sobre todo, la corrupción en la Iglesia. Por ello debe renovarse, aseveró en su tercera homilía en suelo colombiano. “Como Jesús zarandeaba a los doctores de la ley para que salieran de su rigidez, ahora también la Iglesia es zarandeada por el Espíritu para que deje sus comodidades y apegos. La renovación no nos debe dar miedo. La Iglesia está siempre en renovación –Ecclesia semper reformanda–. La renovación supone sacrificio y valentía, no para considerarse mejores o más pulcros, sino para responder mejor al llamado del Señor. La Iglesia no es nuestra ni de los doctores en la ley, es de Dios, es decir, es de todos”.
La cuarta jornada se centró en la misión de la Iglesia, así como en un encuentro con sacerdotes, seminaristas y religiosos. El pontífice se trasladó a Medellín, segunda ciudad más importante de Colombia. En la gran mancha urbana hay unos 4 millones de habitantes. Francisco celebró la misa en el aeropuerto Enrique Olaya Herrera, de Medellín. Llegó con un retraso de 40 minutos, debido a la espesa bruma que le impidió llegar en helicóptero. Frente a más de un millón de asistentes y una atmósfera lluviosa, pronunció una homilía interpelante tanto a los actores eclesiales como a la misión de la Iglesia. La multitud aguardó paciente, desde altas horas de la madrugada. Soportó frío, lluvia y espera. El Papa, al inicio de la celebración, se disculpó por el atraso, ante la ovación de la gente que se debatía entre el lodo y la fatiga.
Conformismo de la alta jerarquía
Francisco fue contundente en su homilía, frente al conformismo burocrático de la alta jerarquía, tanto de Colombia como de América Latina, al señalar: “Hoy, a nosotros, se nos pide crecer en arrojo, en un coraje evangélico que brota de saber que son muchos los que tienen hambre, hambre de Dios, hambre de dignidad, porque han sido despojados. Y, como cristianos, hay que ayudar a que se sacien de Dios, no impedirles o prohibirles ese encuentro. No podemos ser cristianos que alcen continuamente el estandarte de ‘prohibido el paso’ ni considerar que esta parcela es mía, adueñándome de algo que no es absolutamente mío”. El mensaje tiene como trasfondo la pérdida de catolicidad tanto de Colombia como de todos los países de la región. El Estado no guarda estadísticas sobre las religiones en el país. Según la encuesta de Barómetro de las Américas, de la Universidad Vanderbilt en Colombia, sólo 60 por ciento son católicos, mientras según un gran sondeo de El Tiempo, periódico colombiano, los católicos romanos alcanzan 70 por ciento. Hay gran mutación hacia las iglesias pente y neopentecostales, que además se mantienen muy activas en el ámbito político partidario. Por ello, Francisco apuró: “No nos aferremos a cierto estilo, a ciertas prácticas que nos acercan más al modo de ser de algunos fariseos de entonces. Acerquémonos a la libertad de Jesús. Porque hay que ir a lo esencial, renovarse e involucrarse”. Imposible pasar por alto la mención que hizo de Medellín, los míticos documentos que en 1968 impulsaron los obispos a la Iglesia a optar por los pobres y que fueron la semilla determinante para el surgimiento de la Teología de la Liberación. Así lo refirió: “Colombia está llamada a empeñarse con mayor audacia en la formación de discípulos misioneros. Discípulos que sepan ver, juzgar y actuar, como lo proponía aquel documento latinoamericano que nació en estas tierras (cf. Medellín, 1968). Discípulos misioneros”.
Pero no todo en la visita es solemnidad. El humor de los paisas, así se les dice a los antioqueños de Medellín, es especial e ingenioso. Desde hace días la conductora panameña Castalia Pascual se ha convertido en tendencia en las redes sociales, porque en vivo y plena transmisión para el canal TVN se confundió. Reportaba: “Justamente aquí, en la avenida nacional, por donde se espera que pase el papa Francisco en el ‘batimóvil’. Perdón, en el papamóvil”. Los memes han sido implacables no sólo con la periodista, sino con el ahora batipapa Francisco. En Medellín también hay sarcasmo en torno a un espectacular de la municipalidad, cercano al aeropuerto, que en inglés da la bienvenida al Papa argentino. En un gran anuncio se lee: “Medellin council declares Pope Francis as illustrious son of the city”. La intención internacionalista de las autoridades ha sido objeto de profusas bromas y memes.
Por la tarde, en el Hogar San José, en Medellín, que alberga a niños abandonados, en situación de calle y huérfanos de la guerra, Francisco tuvo un emotivo encuentro, en el que los infantes se le abalanzaron. Bergoglio se dio tiempo para compartir con cientos de niños en condiciones desfavorables. Ahí, con mucha dulzura, les dijo: “Escuchando todas las dificultades por las que han pasado me venía a la memoria del corazón el sufrimiento injusto de tantos niños y niñas en todo el mundo que han sido y siguen siendo víctimas inocentes de la maldad de algunos”.
En seguida tuvo un encuentro con seminaristas, sacerdotes, consagrados y religiosos en el centro de espectáculos La Macarena, en el corazón de la ciudad y a un lado del río Medellín. Ante los actores religiosos, Francisco les advirtió de la corrupción eclesial. Dijo: “Las vocaciones mueren cuando se quieren nutrir de honores, cuando están impulsadas por la búsqueda de una tranquilidad personal y de promoción social, cuando la motivación es ‘subir de categoría’, apegarse a intereses materiales, que llega incluso a la torpeza del afán de lucro. Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero repetir: No se olviden que el diablo entra por el bolsillo siempre. Nosotros tenemos que estar atentos, porque la corrupción en hombres y mujeres que están en la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego –nos lo dice Jesús mismo– se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia vida”. Y con energía, Francisco exclamó: “¡No se puede servir a Dios y al dinero!”

La conclusión que me llevo de esta cuarta jornada de Francisco en Colombia es: Ay, Norberto Rivera, que lejos estás de la Iglesia de Francisco.

24° Dom. Ordinario; Sept. 17 '17; homilía J. A. Pagola

Hasta setenta veces siete.
Se la llama «parábola del siervo sin entrañas», porque trata de un hombre que, habiendo sido perdonado por el rey de una deuda imposible de pagar, es incapaz de perdonar a su vez a un compañero que le debe una pequeña cantidad. El relato parece sencillo y claro. Sin embargo, los autores siguen discutiendo sobre su sentido original, pues la desafortunada aplicación de Mateo no encaja bien con la llamada de Jesús a «perdonar hasta setenta veces siete».
La parábola que había empezado de manera tan prometedora, con el perdón del rey, acaba trágicamente. Todo termina mal. El gesto del rey no logra introducir un comportamiento más compasivo entre sus subordinados. El siervo perdonado no sabe compadecerse de su compañero. Los demás siervos no se lo perdonan y piden al rey que haga justicia. El rey, indignado, retira su perdón y entrega al siervo a los verdugos.
Por un momento, parecía que podía haber comenzado una era nueva de comprensión y mutuo perdón. No es así. Al final, la compasión queda anulada por todos. Ni el siervo, ni sus compañeros, ni siquiera el rey escuchan la llamada del perdón. Éste ha hecho un gesto inicial, pero tampoco sabe perdonar «setenta veces siete».
¿Qué está sugiriendo Jesús? A veces pensamos ingenuamente que el mundo sería más humano si todo estuviera regido por el orden, la estricta justicia y el castigo de los que actúan mal. Pero, ¿no construiríamos así un mundo tenebroso? ¿Qué sería una sociedad donde quedara suprimido de raíz el perdón? ¿Qué sería de nosotros si Dios no supiera perdonar?
La negación del perdón nos parece la reacción más normal y hasta la más digna ante la ofensa, la humillación o la injusticia. No es eso, sin embargo, lo que humanizará al mundo. Una pareja sin mutua comprensión se destruye; una familia sin perdón es un infierno. Una sociedad sin compasión es inhumana.

La parábola de Jesús es una especie de «trampa». A todos nos parece que el siervo perdonado por el rey «debía» perdonar a su compañero. Es lo menos que se le puede exigir. Pero entonces, ¿no es el perdón lo menos que se puede esperar de quien vive del perdón y la misericordia de Dios? Nosotros hablamos del perdón como un gesto admirable y heroico. Para Jesús era lo más normal.

24° dom. ordinario; 17 de sept. '17; Homilía de FFF

Eclesiástico 2733 289; Salmo 102; Romanos 147-9; Mateo 1821-35

El tema dominante de este domingo es el perdón. En un primer aborde parece tratarse sólo de una cuestión ética; de algo estrictamente humano que con o sin religión, cada uno tendríamos que vivir de la misma forma; sin embargo, las lecturas van más allá, pues nos ponen como paradigma la actuación del mismo Dios, como “Padre celestial” y se nos explicita, a final de cuentas, el sentido que tiene el perdón cristiano.
La primera lectura tomada del libro del Eclesiástico invita al perdón, sabiendo que tarde o temprano alguien también nos tendrá que perdonar; pues la debilidad y la imperfección son algo característico de la condición de cualquier ser humano. No es nada difícil que resbalemos y vayamos en contra de cualquiera de nuestros prójimos. De ahí que perdonar al otro, no es sólo abrirnos la posibilidad de recibir el perdón en algún momento más próximo que lejano, sino es la invitación a aceptar nuestras propias limitaciones y la necesidad que tenemos de vivir reconciliados; de no dejarnos llevar por un “Ego” herido que se olvida del otro, para sólo fijarse en el daño que se nos ha hecho. “Perdona la ofensa a tu prójimo –nos exhorta-, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados”; pues “cosas abominables son el rencor y la cólera”. Tales actitudes destruyen la armonía humana a la que estamos llamados. Si nos dejamos llevar por ellas, será imposible la reconciliación y la unidad del género humano, condición indispensable para lograr la felicidad a la que hemos sido invitados.
Sin embargo, la lectura da un paso más al señalarnos que el pedir perdón implica ya el tener “compasión” por el semejante. Es algo totalmente evidente: si no somos capaces de mirar con compasión al otro, de comprenderlo, de abrirnos a la debilidad ajena, ¿cómo lo podemos esperar para nosotros mismos? Tanto el perdonar a otro como recibir el perdón están basados en la “compasión”; es la virtud que nos abre a esta posibilidad que no es nada fácil de vivir, justo por todos los resentimientos que alberga nuestro corazón. Cuando uno “mira con compasión” al otro, entonces no hay lugar para la cólera, el rencor, el odio, la condena. El otro es como yo; tan débil, frágil y pecador como yo; y tan necesitado de perdón también como yo.
Por su parte, el Evangelio de Mateo se apoya en la misma argumentación anterior, pero utilizando una parábola devastadora, narrada por el Señor Jesús, absolutamente clara. Por un lado, está un servidor que le debe al Rey. Éste le quiere cobrar, pero el siervo le pide que le tenga paciencia y le pagará todo. La parábola nos cuenta cómo el Rey le tuvo lástima, lo soltó y hasta le perdonó todo lo que debía. Pero resulta que este siervo perdonado también tenía un deudor, al que no le perdonó lo que le debía; sino que lo metió en la cárcel, a pesar que se le había “arrodillado” y le pedía que tuviera paciencia con él.
Interesante que son los compañeros de este último siervo son los que se indignan y van con el Rey a contarle lo sucedido. Entonces, las cosas cambian. Por no haber perdonado, al primer siervo ahora se le cambia la sentencia y se le exige pagar hasta el último centavo.
La enseñanza es totalmente clara: si nos perdonan, no puede ser que seamos tan duros y tan inmisericordes que no perdonemos al otro. Además, la parábola subraya que nosotros debemos más; que más cosas son las que tienen que perdonarnos, que las que nosotros tenemos que perdonar a los demás. Normalmente el orgullo y la soberbia, nos hacen sentir que somos “buenos”; que los otros son peores que nosotros; que ellos son las que nos tienen que pedir perdón. De esta forma, si no estamos dispuestos a perdonar siempre al otro, jamás podremos encontrar la armonía a la que hemos sido llamados como hijos de Dios.
Al inicio de esta narración, Pedro le pregunta a Jesús por la cantidad de veces que tenemos que perdonar a los otros. La respuesta de Jesús es “70 veces siete”. Es decir, cuantas veces sea necesario hay que perdonar; aunque parezca una burla o que el otro nos está tomando el pelo. Pero además, termina el trozo del evangelio de este domingo, hay que perdonar “de corazón al hermano”. Si hemos ofendido a Dios y Él nos ha perdonado, ¿cómo es posible que seamos tan orgullosos para no pedir perdonar de corazón al otro?
La invitación es a actuar como el mismo Padre Celestial; sólo esa actitud irá limando tantos pleitos y distanciamientos que tenemos entre nosotros mismos. Además, sólo se nos pide que seamos coherentes: si Dios nos ha perdonado, no podemos dejar de perdonar al otro. Es el único camino para la reconciliación, para la armonía y para reconstruir esta sociedad que vive en islas de indiferencia y desprecio hacia los demás; lo que sólo se logrará bajo la óptica de la misericordia, como el mismo Padre Celestial la ha tenido con nosotros.
San Pablo con unas cuantas frases nos da la razón última para actuar como Dios: vivamos o muramos, todo es para el Señor; pues de Él somos. Nuestro fin no termina en cada uno de nosotros, sino en Dios; hasta allá vamos; y no hay otro camino para llegar que la misericordia.






domingo, 10 de septiembre de 2017

23 Dom. Ordinario; Sept. 10 '17; REUNIDOS POR JESÚS, J. A. Pagola

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.
Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.
No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.
La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.
Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: "El Evangelio... es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo". En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.
Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.
Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.


23° domingo Ordinario; Sept. 10 '17; FFF

Ezequiel 337-9; Salmo 94; Romanos 138-10; Mateo 1815-20

El aspecto más relevante de la liturgia de este domingo es el tema de la “corrección fraterna”, un tema de por sí muy complicado para nuestros tiempos, dada la incapacidad que tenemos y mostramos para que otro, alguien, pueda señalarnos algo que desde su juicio u opinión se muestra contrario a nuestros comportamientos no correctos como seres humanos o, más exigentemente, como cristianos.
Parece que un comentario crítico de otro con respecto a nuestros comportamientos o actitudes se convirtiera en una verdadera agresión que dañara nuestra más profunda esencia. Y, en el fondo, parece que el problema es una inseguridad generalizada con la que vivimos y actuamos que se esconde o traslapa bajo el término del “Ego”. Parece que el “Ego”, ese deseo de ser tomados en cuenta, de ser respetados, de sentir que nada empaña nuestra imagen, esa necesidad de ser reconocidos…, que nos lleva a competir, a compararnos, incluso, a afirmarnos criticando o hundiendo al otro, es lo que nos impulsa a ser demasiado sensibles ante los comentarios críticos de los otros, aunque sean constructivos y, a final de cuentas, puedan ayudarnos a vivir una vida más plena, más feliz, más completa.
Que alguien se muestre más exitoso que nosotros, más reconocido, y si eso es en público, muchos peor pues nos hace sentir fatal; si no logramos el aplauso y el reconocimiento, y otra persona que está junto a nosotros sí, entonces, el sentimiento se va hasta el fondo; y nos deprimimos y nos tiramos al suelo, o agredimos y nos justificamos descalificando.
Desde el punto de vista psicológico, el tema de recibir la corrección fraterna está envuelto en historias familiares que desde nuestros primeros años de vida, produjeron algún tipo de heridas o traumas, que posteriormente nos llevaron a esa clase de inseguridades que impiden abrirnos con sencillez y paz, a lo que otros piensan de nosotros. Nos sentimos inseguros en el propio “Yo”, y por eso sentimos que cualquier comentario hacia nuestra persona lo experimentamos como agresión, haciéndonos sentir todavía más frágil en nuestra personalidad. De ahí que el mecanismo de defensa que tenemos es el “Súper Yo” o el “Ego”, como ese “supuesto aliado” que entra en nuestra defensa cerrándose a lo que nos dicen y agrediendo al que nos los dice; normalmente, descalificando al otro, para aliviar nuestros traumas, hacernos sentir superiores y así quedar “en paz”, aunque esa paz no sea del “buen espíritu”, sino fruto de nuestra inseguridad y traumas. De esta forma, nuestro comportamiento, en lugar de ayudarnos a crecer y superar límites, nos mantiene en ellos.
Si no somos conscientes de esta realidad psicológica que es parte fundamental de nuestra personalidad, no podremos acceder a la invitación que nos hace el evangelio; pues lo “moral” estará atrapado en lo “psicológico”, que son de órdenes diferentes. Pensaremos que los otros están cometiendo un “pecado”, cuando en el fondo sólo están respondiendo inconscientemente a “un trauma”.
Sin embargo, esto no nos exime de avanzar en nuestra liberación psicológica como de asumir conscientemente la invitación del evangelio a vivir la corrección fraterna, la cual implica dos elementos.
El primero consiste en atrevernos a hablar con el otro, cuando sentimos que lo que percibimos en el otro está dañando la comunidad –como señalan las lecturas-; pues ésta es otra dificultad no menor. Como intuimos la reacción que el otro tendrá si algo le señalamos, pues entonces preferimos callar y que otros hagan lo que sin duda nos tocaría a nosotros. Pero la primera Lectura de Ezequiel lo señala con toda claridad: si tu hermano muere en su pecado y no lo amonestaste, entonces Dios nos “pedirá cuentas de su vida”. De ahí también la gravedad del asunto.
Y en el Evangelio se nos da una pista para proceder en la corrección fraterna, podríamos decir de forma muy adecuada, humana, cristiana. Primero ir directo con el hermano a quien queremos ayudar en su vida y decirle lo que pensamos; si no hace caso, ir con otros dos; y si tampoco, pues decirle a la comunidad; y si ya no reacciona, pues hacerle sentir que él solo ha dejado de pertenecer a la misma comunidad.
Como podemos observar por las lecturas, la dificultad está tanto en poder decir las cosas adecuadamente como en poder recibir la corrección fraterna. Y ambas están enraizadas en nuestra historia psicológica. De ahí la necesidad de atender simultáneamente ambos polos: tanto lo moral-evangélico como lo humano-psicológico.
Finalmente Pablo nos da el criterio más profundo para que esta doble actuación sea correcta; es la referencia al amor. Quien ama auténticamente al prójimo, “no le causa daño”. Sólo una corrección fraterna que surge de esta actitud evangélica, nos podrá garantizar que no estamos buscando aprovechar la corrección para desquitarnos del otro, para herirlo o para hacernos sentir superiores y satisfacer nuestro “Ego”.
Dejémonos, pues, arrastrar por el amor auténtico, y ese nos permitirá realizar adecuadamente la invitación que hoy nos hace la liturgia de este domingo.




domingo, 3 de septiembre de 2017

22 Dom. Ordinario; APRENDER A PERDER; J. A. Pagola

El dicho está recogido en todos los evangelios y se repite hasta seis veces: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierde por mí, la encontrará”. Jesús no está hablando de un tema religioso. Está planteando a sus discípulos cuál es el verdadero valor de la vida.
El dicho está expresado de manera paradójica y provocativa. Hay dos maneras muy diferentes de orientar la vida: una conduce a la salvación, la otra a la perdición. Jesús invita a todos a seguir el camino que parece más duro y menos atractivo, pues conduce al ser humano a la salvación definitiva.
El primer camino consiste en aferrarse a la vida viviendo exclusivamente para uno mismo: hacer del propio “yo” la razón última y el objetivo supremo de la existencia. Este modo de vivir, buscando siempre la propia ganancia o ventaja, conduce al ser humano a la perdición.
El segundo camino consiste en saber perder, viviendo como Jesús, abiertos al objetivo último del proyecto humanizador del Padre: saber renunciar a la propia seguridad o ganancia, buscando no solo el propio bien sino también el bien de los demás. Este modo generoso de vivir conduce al ser humano a su salvación.
Jesús está hablando desde su fe en un Dios Salvador, pero sus palabras son una grave advertencia para todos. ¿Qué futuro le espera a una Humanidad dividida y fragmentada, donde los poderes económicos buscan su propio beneficio; los países, su propio bienestar; los individuos, su propio interés?
La lógica que dirige en estos momentos la marcha del mundo es irracional. Los pueblos y los individuos estamos cayendo poco a poco en la esclavitud del “tener siempre más”. Todo es poco para sentirnos satisfechos. Para vivir bien, necesitamos siempre más productividad, más consumo, más bienestar material, más poder sobre los demás.
Buscamos insaciablemente bienestar, pero ¿no nos estamos deshumanizando siempre un poco más? Queremos “progresar” cada vez más, pero, ¿qué progreso es este que nos lleva a abandonar a millones de seres humano en la miseria, el hambre y la desnutrición? ¿Cuántos años podremos disfrutar de nuestro bienestar, cerrando nuestras fronteras a los hambrientos?
Si los países privilegiados solo buscamos “salvar” nuestro nivel de bienestar, si no queremos perder nuestro potencial económico, jamás daremos pasos hacia una solidaridad a nivel mundial. Pero no nos engañemos. El mundo será cada vez más inseguro y más inhabitable para todos, también para nosotros. Para salvar la vida humana en el mundo, hemos de aprender a perder.


22° domingo Ordinario; 3 de sept. del 2017; FFF

Jeremías 207-9; Salmo 62; Romanos 121-2; Mateo 1621-27
Las lecturas de este domingo tienen una especial densidad y están llenas de contenidos radicales que muestran la exigencia del seguimiento de Jesús. Veamos.
La primera lectura es del Profeta Jeremías. Un profeta, podríamos decir, trágico, apasionado, rebelde, pero definitivamente fiel a Yahvé a pesar de la misión tan complicada que había recibido. Es el profeta de la denuncia. Él le reclama a su pueblo los pecados que ha cometido; pero el pueblo “elegido” (entre comillas) no acepta las críticas que se le hacen ni está dispuesto a cambiar. Más bien, buscará acallar la voz de Jeremías para, supuestamente, poder seguir cometiendo sus tropelías sin que nadie se las echara en cara. Jeremías siente el rechazo de su mismo pueblo; experimenta cómo ahora las críticas van contra él y ve cómo cuchichean entre ellos para acallar su voz, asesinándolo.
Entonces, aquí se presenta el verdadero drama del profeta. No puede más; está desilusionado de la misión que ha recibido, porque todo ha sido un fracaso. Experimenta el pavor ante la muerte cercana y explota en su drama interno, todavía más angustiante: ¿sigue en su misión o claudica para librarse de la muerte y de la frustración de una misión fracasada? Su oración se vuelve un reclamo a Dios y un grito de desesperanza; se debate entre la tentación de abortar la misión recibida o seguir adelante contra toda su resistencia interior. Sin embargo, en ese momento, recuerda ese “fuego ardiente” encerrado en sus huesos que no podía contener, y sigue adelante contra todas sus resistencias. Yahvé permanecía con él.
En la carta a los Romanos, San Pablo expresa con toda claridad cuál es el verdadero culto al que está invitado el seguidor de Jesús. Curiosamente, no se refiere al “culto”, entendido como la expresión ritual del templo o las ofrendas exteriores al estilo de la Antigua Alianza. La novedad radical que ahora espera de los cristianos es que ellos mismos se conviertan en la “ofrenda viva, santa y agradable a Dios”; somos nosotros los que nos tenemos que entregar “como ofrenda”. Pero para que nuestra entrega sea al “modo de Jesús y de su evangelio”, para que sea auténtica, no nos debemos dejar “transformar por los criterios de este mundo”. Este mundo –como lo refiere San Juan-, el mundo de la impiedad, la explotación, el dominio, la máxima ganancia, etc., etc., no puede ser la brújula que guíe nuestras vidas. Y la advertencia es sumamente seria; pues, sin sentir, esos criterios del mundo se nos cuelan hasta lo más profundo del corazón y comienzan a ser la referencia de nuestras vidas. La ceguera aparece y ni nos damos cuenta que estamos yendo realmente contra lo más profundo del evangelio, traicionando la vocación a la que hemos sido llamados.
Pero la invitación no queda ahí. San Pablo nos previene de los criterios torcidos, pero a la vez nos exhorta a dejarnos transformar internamente (y esto es fundamental) por “una nueva manera de pensar” que nos permita distinguir “cuál es la voluntad de Dios…; lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. De manera que nos basta cuidarnos de la mundaneidad; sino tenemos que dejarnos transformar por la buena noticia del Reino, que es esa “nueva manera de pensar”, para que desde esa plataforma, busquemos la voluntad de Dios, que no se juega entre el bien o el mal, sino entre “lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto”. El cristiano está llamado a la radicalidad del seguimiento de Jesús. No sólo a evitar el pecado, sino a descubrir lo que Él quiere y espera de cada uno de nosotros; nos quiere llevar a descubrir “lo que a Dios le agrada”, “lo perfecto”.
Aunque de nuevo, como lo señala el evangelio de Mateo, eso implica una lucha constante que no resulta fácil y que lleva a la tentación –como en Jeremías- de huir y claudicar del seguimiento, ante la dificultad del mismo.
Jesús les anuncia las consecuencias de la misión que el Padre le ha encomendado, diciendo que tendrá que “padecer mucho” hasta ser “condenado a muerte”; aunque no todo se quedará ahí, sino que vendrá la Resurrección; pero eso no lo ven sus discípulos, por ahora.
Pedro –de manera semejante a Jeremías- cuando experimenta lo duro de la misión profética, increpa a Jesús diciéndole que ese no es el camino. Sin embargo, Jesús lo rechaza contundentemente, comparándolo con Satanás y diciéndole que no intente hacerlo tropezar en su camino, porque su “modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres”. Quizá es la peor reprimenda que Pedro, cabeza de la iglesia, se llevó en su vida. Definitivamente, a pesar de estar con Jesús, no había entendido su camino, contrario al camino y las propuestas del mundo. “El que quiera venir conmigo –afirma Jesús-, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará”.
Quedémonos con la última frase del evangelio de este domingo y dejémosla resonar en nuestro corazón: “¿de qué le sirve a uno ganar el mundo entero, si pierde su vida? ¿Y qué podrá dar uno a cambio para recobrarla?