domingo, 2 de julio de 2017

La Jornada, Jun 28 '17 Excomunión a políticos corruptos; Bernardo Barranco

El Vaticano ha anunciado que estudia la posibilidad de excomulgar oficialmente de la Iglesia a aquellos cristianos que se prestan a la corrupción o mantienen lazos con organizaciones criminales, como la mafia, en el caso italiano. Podría tratarse de un decreto que permita excomulgar corruptos y mafiosos acorde a los lineamientos del magisterio de la Iglesia y la prédica pastoral que ha impulsado el papa Francisco.
La clase política mexicana, que entusiasta se ha venido declarado muy devota y católica, podría sufrir un serio revés. Muchos de sus integrantes podrían ser excomulgados de la Iglesia por actos de corrupción y asociación delictuosa. Por ejemplo, los dos ex gobernadores Duarte, que entregaron sus gobiernos al Sagrado Corazón de Jesús, quedarían fuera de la justicia divina de la Iglesia. ¿Cuántos políticos y empresarios han querido legitimarse con oportunismo por el manto eclesial? Ahora pueden correr el peligro de ser degradados y quedar bajo la pena máxima de la Iglesia, es decir, la exclusión. ¿Qué harán todos aquellos políticos encumbrados que desfallecían por una selfie con el papa Francisco en Palacio Nacional en febrero de 2016? Ahora corren el riesgo de quedar fuera de la comunidad de creyentes. No creo que les aterre, en verdad. Esa ha sido también la señal que ha enviado el semanario de la arquidiócesis Desde la Fe a los funcionarios de alto rango en el país, en especial a los gobernadores, sentenciando: la corrupción tiene consecuencias morales y espirituales. Así, especialistas de la Santa Sede analizan ya la viabilidad para aplicar la máxima de las penas a estos políticos rapaces, a fin de sensibilizar a la sociedad de la gravedad de sus actos: la separación del cuerpo eclesial, es decir, la excomunión a los corruptos. ¿O es un mensaje directo para el presidente Peña Nieto? Cuando la corrupción es norma de vida en la cúpula social se expande como un cáncer a todo el cuerpo social y espiritual; ahí reina el cinismo que ya no tiene límites debido a la impunidad y el sistema de protecciones que gozan los corruptos políticos en México. Por su parte la excomunión es la pena más grave en la Iglesia. Se refiere a la sanción más antigua, pues supone el destierro de la comunidad de los fieles y la consecuente exclusión de los sacramentos. Una de las excomuniones más estrepitosas en los tiempos actuales fue a los ultraconservadores lefebvrianos en 1988, quienes se oponían al mandato del Concilio Vaticano II. ¿Qué es la excomunión? En el nuevo catecismo, la Iglesia lo define: Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos, y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, por el Papa, por el obispo del lugar, o por sacerdotes autorizados por ellos.
A mediados de junio se celebró en el Vaticano una cumbre internacional sobre la corrupción. Allí se planteó que una de las responsabilidades de la Iglesia es denunciar y confrontar la corrupción como prioridad pastoral. El cardenal Peter Turkson, de Ghana, es quien tiene encargo de redacción del nuevo decreto en Roma y cuenta con el apoyo del Papa. El objetivo, según se ha externado, es llegar a la elaboración de un texto común que guiará a escala internacional y legal según la doctrina de la Iglesia, en cuestión de la excomunión de católicos por la corrupción y la asociación delictiva. Este tema no es nuevo. 
El papa Francisco lo ha venido sentenciado desde el inicio de su pontificado. Recordemos la excomunión tan resonada a la mafia, 21 de junio de 2014, cuando visitó el sur de Italia. Allí expresó que la corrupción no sólo es una cuestión de legalidad, sino de viabilidad de nuestra civilización. En numerosas ocasiones, en las homilías matinales que Francisco predica en la capilla de Santa Martha ha abordado el tema. Para Bergoglio la corrupción es una perversión de la forma de vida de las élites, que conduce a la sociedad a perder el respeto a sí misma, que fractura el sentido de la autoridad y de la responsabilidad social. Los principales afectados no son sólo los pobres, sino las familias de los funcionarios, políticos, consejeros, legisladores, magistrados, administradores. “Y sus hijos –dice– quizás educados en colegios costosos, quizás crecidos en ambientes cultos, habían recibido de su papá, como comida, porquería, porque su papá, llevando pan sucio a la casa, ¡había perdido la dignidad! Esto es un pecado grave.” En el libro de 2016, cuyo título es El nombre de Dios es Misericordia, Francisco manifiesta severas consideraciones sobre el actor corrupto. Escribe: “Hay que hacer una diferencia entre el pecador y el corrupto. El primero reconoce con humildad ser pecador y pide continuamente el perdón para poderse levantar, mientras el corrupto es elevado a sistema, se convierte en un hábito mental, en un modo de vida (…) el corrupto es quien peca, no se arrepiente y finge ser cristiano. Con su doble vida, escandaliza”.

La clase política mexicana y sectores empresariales están señalados por sus prácticas de corrupción y cinismo que le otorga un sistema de impunidades y complicidades. La corrupción política entendida como el abuso del poder público y mal uso de recursos para beneficio de un grupo, camarilla o personal; la corrupción que frena el desarrollo e incrementa la pobreza; no es un hábito cultural, es un ejercicio de las élites como un mal endémico que hace metástasis en todo el sistema político mexicano; corrupción sin freno practicada por todos los partidos. La corrupción está detrás de la violencia, la inseguridad y la protección a diversas formas del crimen organizado. Si bien hay un reclamo social ante este flagelo, la propia clase política hace oídos sordos. El Papa va contra estos nuevos fariseos seculares. Sin embargo, flota la pregunta sobre la corrupción dentro de las propias estructuras religiosas. ¿No hay corrupción adentro?

13 Dom. Ordinario; Julio 2 '17; LA FAMILIA NO ES INTOCABLE; J. A. Pagola

Con frecuencia, los creyentes hemos defendido la «familia» en abstracto, sin detenernos a reflexionar sobre el contenido concreto de un proyecto familiar entendido y vivido desde el Evangelio. Y, sin embargo, no basta con defender el valor de la familia sin más, porque la familia puede plasmarse de maneras muy diversas en la realidad.
Hay familias abiertas al servicio de la sociedad y familias replegadas sobre sus propios intereses. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad. Familias liberadoras y familias opresoras.
Jesús ha defendido con firmeza la institución familiar y la estabilidad del matrimonio. Y ha criticado duramente a los hijos que se desentienden de sus padres. Pero la familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. No es un ídolo. Hay algo que está por encima y es anterior: el reino de Dios y su justicia.
Lo decisivo no es la familia de carne, sino esa gran familia que hemos de construir entre todos sus hijos e hijas colaborando con Jesús en abrir caminos al reinado del Padre. Por eso, si la familia se convierte en obstáculo para seguir a Jesús en este proyecto, Jesús exigirá la ruptura y el abandono de esa relación familiar: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí».
Cuando la familia impide la solidaridad y fraternidad con los demás y no deja a sus miembros trabajar por la justicia querida por Dios entre los hombres, Jesús exige una libertad crítica, aunque ello traiga consigo conflictos y tensiones familiares.
¿Son nuestros hogares una escuela de valores evangélicos como la fraternidad, la búsqueda responsable de una sociedad más justa, la austeridad, el servicio, la oración, el perdón? ¿O son precisamente lugar de «desevangelización» y correa de transmisión de los egoísmos, injusticias, convencionalismos, alienaciones y superficialidad de nuestra sociedad?
¿Qué decir de la familia donde se orienta al hijo hacia un clasismo egoísta, una vida instalada y segura, un ideal del máximo lucro, olvidando todo lo demás? ¿Se está educando al hijo cuando lo estimulamos solo para la competencia y rivalidad, y no para el servicio y la solidaridad?
¿Es esta la familia que tenemos que defender los católicos? ¿Es esta la familia donde las nuevas generaciones pueden escuchar el Evangelio? ¿O es esta la familia que también hoy hemos de «abandonar», de alguna manera, para ser fieles al proyecto de vida querido por Jesús?


13° domingo Ordinario; 2 de julio del 2017; Homilía FFF.

2° Reyes 48-11. 14-16; Salmo 88; Romanos 63-4. 8-11; Mateo 1037-42

El evangelio de este domingo trasluce el extraño uso de la dialéctica en algunos de los mensajes de Jesús. Por lo general, su estilo de comunicación era directa, sencilla, tratando de ser asequible a sus oyentes. Es el caso de las parábolas, de sus hipérboles, de sus diálogos con los discípulos, con el pueblo, con las personas que se le acercaban buscando alguna curación, algún consuelo, algún milagro extraordinario como una resurrección de alguna persona que había muerto y causaba gran dolor a sus familiares. Su diálogo buscaba que los oyentes comprendieran el mensaje del Reino; a pesar de que con frecuencia no era fácil interpretar el sentido profundo y claro de sus mensajes, de algunas de sus parábolas.
Sin embargo, también utilizó paradojas en situaciones especiales, como la que ahora nos ofrece el Evangelio. Es claro que cuando Jesús quería subrayar radicalmente algo con respecto al seguimiento o la relación con Dios, su Padre, entonces parece que se iba a fondo, que atacaba, que no dejaba alternativa, buscando que las personas se definieran ante Él. Sin embargo, lo complejo parece ser que no sólo exponía un ideal, sino que lo hacía forzando de tal manera las tintas, que obligaba a las personas a definirse frente a una contradicción, justo frente a una paradoja, nada fácil de comprender y menos de vivir.
Es el caso del evangelio de este domingo, Jesús quiere subrayar la absolutez de Dios ante todas las cosas, ante todo lo creado. El ser humano y todo lo que hay en el mundo, en el universo, por más trascendente o fundamental que sea, no deja de ser sólo algo relativo ante Dios. Y esto, que en una primera vista es algo hasta cierto punto aceptable y creíble, Jesús lo formula mediante una paradoja, difícil de entender y, quizá, más difícil de vivir. Nos dice: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”.
Sin duda que el texto nos pone contra la pared: ¿es posible querer más a Jesús que a un hijo o a una hija? ¿La base de nuestra existencia, justamente querida y propuesta por Dios, no es el amor? ¿Por qué, entonces, Jesús contrapone, justamente,  el amor a Dios y el amor a los seres más entrañables de cualquiera? ¿No es una locura, un absurdo? Pues sin duda no. El discurso de Jesús busca que caigamos en la cuenta, quizá, de dos cosas.
La primera, que nada se puede equiparar con Dios; Él es el absoluto; el creador de todo. Nada puede equipararse a su realidad. Nosotros, y con nosotros toda la creación, no somos más que “creaturas”; hechuras de Dios. Por eso, mientras no entendamos esto, no habremos entrado en el horizonte divino; no habremos entendido el mensaje fundamental de Jesús en nuestra relación con Dios. Y el que no lo ve así, no le faltará ocasión en la que opte por la creatura antes que por el creador. Somos muy proclives a clavarnos de tal forma en lo inmediato, en lo visible, en lo palpable, sean las cosas o las personas, que sólo haciendo un planteamiento tan radical como el que nos hace Jesús, podemos caer en la cuenta que no podemos competir con Dios; que no lo podemos poner en el mismo nivel. Por eso, no podemos amar más a nadie que a Dios; nada está por encima de Él. Frente a Él tenemos que tener una reverencia absoluta.
En el fondo es que nos estamos encontrando con el misterio de lo absolutamente otro; no podemos tomarlo a la ligera; como si fuera una cosa banal: “amo a esto o amo a Dios”. Esta disyuntiva es totalmente falsa, para quien quiere entrar en la órbita de la divinidad. Para lograr esto es que Jesús pone las tintas en esta aparente contradicción y la expresa mediante lo que llamamos paradoja o pensamiento dialéctico. Estira la liga lo más que puede, para que comprendamos la seriedad y trascendencia que implica nuestra relación con Dios.
La segunda cuestión, también paradójica, es que quien da un vaso de agua fría al prójimo, quien lo visita en la cárcel, quien le da de comer, etc., etc., ese lo está haciendo directamente a Jesús y, en Él, a Dios. Entonces, la contradicción se aclara: amar con toda la radicalidad posible, con independencia de lo que amemos, nos lleva hasta Dios. Por eso, no se trata de contraponer a Dios y las creaturas, sino de amar en Dios a todo lo creado; de amar con tal radicalidad que siempre experimentemos a Dios como fundamento de todo lo real que está en lo más profundo de lo que existe. Por eso, quien es capaz de amar con toda hondura a su prójimo y comprometerse con él, ese está amando a Dios; ese se está encontrando con Dios, aunque no lo sepa.
Claro, no cualquier amor implica esto. No es lo mismo “amar” de esta forma que “querer” las cosas. Amar es algo muy serio; es el don más grande que tenemos como creaturas y que Dios nos ha regalado. El evangelio sólo nos invita a que lo vivamos, a que valoremos ese maravilloso don; a que lo pongamos en práctica; pues así estaremos, aunque de forma misteriosa, experimentando a Dios mismo.
Si así amamos, entonces podremos comprender la paradoja aún más radical con la que termina el evangelio de este domingo: “el que no toma su cruz y  me sigue, no es digno de mí. El que salve su vida la perderá y el que la pierda por mí, la salvará”.
Dejemos caer en nuestro corazón la invitación paradójica que Jesús nos hace…




domingo, 18 de junio de 2017

Homilía del Corpus Christi, J.A. Pagola, Junio '17

Reavivar la memoria de Jesús
La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia. El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.
Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.
Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.
La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.
Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.
Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.
Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la eucaristía.

José Antonio Pagola

11° domingo del Tiempo Ordinario; 18 de junio del 2017; Homilía FFF

Éxodo 192-6; Salmo 99; Romanos 56-11; Mateo 936-108

A partir de este domingo comienza la liturgia a exponer la vida de Jesús, en el momento en que comienza su misión. Con una conciencia progresiva de su propia identidad y con una clara llamada a anunciar al Padre, su Padre, que recibió en el Bautismo, Jesús inicia la proclamación del Reino de los Cielos.
Sin embargo, una cosa notable es que desde el principio no se lanza solo a realizar el encargo recibido. A diferencia de los profetas del Antiguo Testamento, línea que Él mismo había decidido seguir, Jesús rompe con la tradición de ellos invitando desde el inicio a gente del pueblo, para que lo acompañaran.
Llama mucho la atención este rasgo. No va solo; su acción no se va a reducir a lo que Él pueda hacer mientras esté en este mundo; entiende el llamado que recibió de su Padre, más que como un hito transitorio para impulsar un tiempo la historia de salvación, como algo permanente a través de los siglos; pero no será Él el que esté físicamente con ellos al frente de la Comunidad hasta el final de los tiempos, sino ese puñado de hombres y mujeres, sus seguidores, a quienes les confiará la continuidad de su Misión. Serán ellos quienes formarán posteriormente la “eclessía”, la “comunidad”, porque habiendo experimentado el “llamado”, se entregarán en cuerpo y alma a continuar lo que Él había comenzado.
Siendo Dios en sí mismo una comunidad de amor, Jesús no podía realizar en soledad su Misión. Además, siendo verdaderamente hombre, su vida estaba marcada por las mismas condiciones de cualquier ser humano. Es decir, su vida tendría un período de tiempo, más o menos corto o largo, pero igual que cualquier otra persona. De ahí su coherencia con lo que Él mismo vivió en el seno de la Santísima Trinidad. La experiencia de amor que surge de Dios al realizarse en las tres personas divinas, es justo lo que le lleva a determinar la forma como Él debía realizar su trabajo, desde el “amor” y en “comunidad”.
Ni podía ir solo ni podía ser el único protagonista de la historia de salvación, por más importante que fuera su acción sobre su pueblo. Jesús no será un “lobo solitario”. Maravillosa prueba de su humanidad. Como ser humano era plenamente consciente de que no viviría toda la eternidad en la tierra y consciente de que si quería que su obra siguiera adelante, tendría que buscar seguidores; personas que pudieran asumir la estafeta y continuarla, ahí sí, hasta el final de los tiempos.
De ahí lo significativo que después del bautismo y de su experiencia en el desierto en el que clarificó la forma como quería su Padre que Él realizara la misión, su primera acción –antes de cualquier otra- fue comenzar a llamar a sus seguidores, a aquellos que convertiría en discípulos, para luego enviarlos y transformarlos en los “apóstoles” (“enviados”) que continuarían la Misión, sabiendo que Él ya no estaría con ellos.
La estrategia de Jesús estaba clara desde este punto de vista: Él tenía que enseñar a sus discípulos “los misterios del Reino”; enseñarles la forma como debían realizar la Misión; mostrarles con acciones qué significaba que el “Reino estaba llegando” y que pedía conversión. Dos claves surgen, entonces, de su estrategia:
La primera, realizar con acciones, mostrar a sus discípulos al igual que a los pobladores de Israel, que el Reino estaba llegando con Jesús. Como dice el Evangelio de Mateo en este domingo, Jesús envía a sus discípulos a curar toda enfermedad y dolencia, a liberar a los poseídos por el diablo y a resucitar a los muertos. El Reino no es otra cosa que dar vida, y vida en abundancia; es regresar de alguna manera a la utopía del Paraíso perdido, en el que le vida estaba en plenitud. Jesús estaba restaurando, no el Reino histórico y limitado de Israel –como querían los judíos-, sino la naturaleza caída y destruida por el pecado de toda la humanidad, devolviéndole la vida que había perdido.
Y la segunda era enseñar a sus seguidores a realizar lo mismo que Él estaba haciendo ante sus ojos. Como auténtico maestro, su quehacer fue hacer que sus discípulos verdaderamente comprendieran y realizaran lo que Él estaba haciendo: la proclamación en obras y en palabras del Reino.
Así fue como comenzó la vida pública de Jesús: realizando el Reino y enseñando al puñado de seguidores que iban con Él, a realizar lo mismo, para que una vez que Jesús no estuviera, la Misión continuara.
Esa es la profunda invitación que hoy nos sigue haciendo el Maestro: a realizar obras que den vida y la den en abundancia, desde una comunidad de amor a imagen y semejanza como la de la Trinidad, en seguimiento de Jesús.


domingo, 11 de junio de 2017

Domingo de la Stma. Trinidad; J.A. Pagola; Junio 11 '17

El Cristiano Ante Dios

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, saa y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.
¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.
En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.
¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.
En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.
¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.
Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.


La Santísima Trinidad; 11 de junio del 2017; Homilía de FFF

Éxodo 344-6. 8-9; Daniel 3; 2ª Corintios 1311-13; Juan 316-18

La festividad que hoy celebramos es la de la Santísima Trinidad, con la que la liturgia concluye los grandes misterios del cristianismo. A partir de aquí comenzarán los domingos ordinarios en los que se irá desplegando ante nuestra mirada la vida de Jesús y su camino, hasta el inicio del tiempo del Adviento.
Abrirnos al misterio de la Trinidad nos lleva al corazón de Dios, a su esencia más profunda, revelada por y en Jesucristo. Pero antes de tratar de balbucear algunos de sus rasgos más importantes, hay que subrayar la palabra “misterio”, pues la realidad de Dios, al ser lo absolutamente otro, no puede ser comprendida por la mente y el corazón humanos. Nos podemos acercar a Él, pero sólo –según afirma San Pablo- “como a través de un cristal oscuro”, “como por medio de un espejo”.
Lo que sabemos se nos ha revelado en primer lugar a través de la historia de Israel y la imagen de Dios que ellos nos dejaron; luego, a través de Jesús y su evangelio, como la Palabra del Padre y, en este sentido, como la concepción más aproximada que tenemos de Dios. Finalmente, a través del Espíritu, a lo largo de los siglos, a través de su acción que acompaña y gruía al grupo de seguidores de Jesús, los Cristianos.
Sin embargo, lo que tantos filósofos y literatos han expresado se verifica justo en Dios: lo esencial es invisible a los ojos, pero experimentable con el corazón. Nunca podremos comprender a cabalidad lo que Dios es; pero sin duda todos “los seguidores del Camino” hemos experimentado esa realidad de alguna manera; especialmente los místicos. San Pablo, después de las vivencias que tuvo cuando fue arrebatado al Cielo, no tuvo otra forma de expresar lo que vivió, sino diciendo que fue algo que “que ni el ojo vio, ni el oído oyó”. No obstante, todos nosotros, gracias a la fe, podemos experimentar de alguna manera –dentro de nuestra mediocridad de seguidores de Jesús-, a ese Dios Padre de Nuestro Señor Jesucristo.
Entonces, con “temor y temblor” –según afirmó San Pablo-, ¿qué podremos afirmar de Dios? Como tal, dos aspectos fundamentales: que el corazón de Dios, lo más vital de Él, lo que lo constituye, es el Amor. “Dios es amor”, lo dice con toda claridad San Juan; y el “que permanece en el amor, permanece en Dios”.
Pero, lo segundo, que la esencia de ese amor es “referencia a otro”; es decir, que Dios no es un ser único, cuya realidad más profunda fuera la “individualidad”, sino que Dios es “comunidad”; es Trinidad; referencia a otro, a otros, en su estructura más profunda. De ahí que si eso más profundo de Dios es “el amor”, entonces tiene que haber, cuando menos otro, como receptor de ese dinamismo. Dios se convierte en “Padre” que al amar al “Hijo”, plasma la relación entre los dos como “Espíritu”; como espíritu de amor, cuya fuerza integra todo lo que Dios es.
Nada fácil ni de explicar ni de comprender; pero cuando menos nos pueden quedar claros esos dos aspectos: que Dios es amor y que ese amor es comunión, comunidad de 3 personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, en una sola realidad, Dios.
Veamos ahora algunos rasgos de cada una de las personas de esa Trinidad.
El Padre, es el padre de nuestro Señor Jesucristo; la fuente del amor; el que escuchó el sufrimiento del pueblo, su clamor, y decidió liberarlo; el que vio el desvío de la humanidad y decidió hacer redención para recuperarla. Es el Padre de la misericordia, de la bondad, del perdón; el que se alegra más por un pecador arrepentido que por mil justos que viven una vida mediocre; el que hace llover sobre buenos y malos; el que no busca la muerte del pecador, sino que se convierta.
Jesus es la palabra del Padre: el que vino a manifestarnos los misterios del Reino; el que transformó la imagen del Dios justiciero y vengador de una de las tradiciones del Antiguo Testamento, en la imagen del Padre del Hijo pródigo: un Padre capaz de perdonar 70 veces 7. Un Jesús que nos mostró cómo tener ojos para ver al que sufre, para acercarnos a él y transformar su vida; que se convirtió para nosotros en el “camino, la verdad y la vida”; y que nos amó tanto que con su amor pudo reconciliar a la humanidad con su Padre.
Y el Espíritu Santo, el don mayor que Jesús nos entregó al morir por nosotros. No nos dejó abandonados, sino que nos envió al Paráclito, al Consolador, al que nos guía y habrá de guiarnos a través de toda la historia de la comunidad de seguidores de Jesús; el que transforma nuestro corazón; el que es capaz de arrancar ese corazón de piedra que muchas veces tenemos y convertirlo en un corazón de carne.
En conclusión, vivamos esta invitación que el mismo Dios nos hace a celebrar agradecidamente su amor y seamos cada vez más parecidos a Él.